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índex                 julio - agosto 2001  num 25

El traductor recomienda
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Todo lo que siempre quise saber sobre
Patrick McGrath
(y un día pude preguntarle)

por Javier Calvo, traductor de Locura, una novela de Patrick McGrath (Barcelona, Mondadori, 2001)

 
El pasado mes de junio, las gestiones de la editorial Mondadori me permitieron colarme en un hueco de la apretada agenda promocional de Patrick McGrath durante su visita a nuestra ciudad para presentar su cuarta novela y sin duda su libro más exitoso hasta la fecha, Locura. En compañía del jefe de prensa de la editorial y del intérprete del tour promocional, tuve ocasión de comer con McGrath en una cervecería de la Rambla Catalunya y de forzar su paciencia haciendo muchas de las preguntas que me habían surgido como lector y traductor, aun sabiendo que aquella comida era una parada de reposo entre las entrevistas que había concedido por la mañana y las que habría de conceder por la tarde.
      Probablemente inspirado en los personajes de las novelas de McGrath, intenté aprovechar la comida para ejercitar mis dotes como fisiognomista (disciplina decimonónica donde las haya), buscando, lo admito, rasgos de morbidez en aquel individuo grandullón de flagrante ascendencia irlandesa y modales escandalosamente exquisitos para los parámetros de un español (incluso de un barcelonés). Probablemente sea un tic irrefrenable para todo el que conoce en persona a McGrath después de haberlo leído, pero confieso que la sensualidad insolente de sus rasgos, la voluptuosidad con que bebía vino blanco y engullía platillos de tapas repugnantes así como el brillo constantemente perverso de su mirada se manifestaron ante mí como grietas en su pulcra imagen de gentilhombre bel-letrista del mismo modo en que se va agrietando la racionalidad gélidamente protestante de los narradores de sus libros. Sus manos enormes, sus cejas pobladas y su pelo leonino, junto con la ironía malvada que dejaba ver cuando hablaba de otros escritores coetáneos o comentaba sus encuentros con la prensa española ratificaron mi primera impresión fisiognómica pre-freudiana: McGrath no es un masoquista como los individuos autocastrados de sus novelas (a medio camino entre el Cesare de El gabinete del doctor Caligari y los hombres sometidos de Fuselli). McGrath es un sádico y aquí estoy yo para dar fe de ello.
      Tal vez lo que más llama la atención a un lector que se aproxime a la narrativa de McGrath en las inmediaciones del año 2000 sea su pasmosa desubicación en la escena literaria anglosajona. ¿Cómo puede un autor continuar trabajando con temas y motivos de la tradición gótica de Sheridan LeFanu o la señora Radcliffe cuando los parámetros de dicha tradición han sido pulverizados por gente como Burroughs, Ballard o Cronenberg y cuando en las últimas décadas se han publicado libros como La fábrica de avispas de Iain Banks, Zombie de Joyce Carol Oates, American Psycho de Brett Easton Ellis o El arte más íntimo de Poppy Z. Brite? La relación con J.G. Ballard (parada obligatoria de todo aquél que quiera elaborar una versión contemporánea del género gótico) me pareció lo bastante importante como para preguntarle directamente al autor de Grotesco.
      —Descubrí tarde a Ballard –me aseguró McGrath–. No lo leí hasta finales de los 70 –y a continuación se dispuso a contar una intrincada anécdota acerca de la concesión a Ballard hace unos años de un premio literario por parte de cierto periódico inglés, destinada a demostrar que Ballard se ha convertido en una figura (¿la única?) apreciada por todo el mundo en la escena literaria británica, una especie de patriarca venerable cuya chifladura, sospecho, es lo que propicia que todo el mundo se pueda permitir apreciarlo–. Creo que vamos por caminos distintos –continuó explicando–. Ballard está interesado en la sociedad deshumanizada por la tecnología y el progreso, mientras que yo me intereso más por la psicología del individuo.
      Para quienes pensamos que la tradición literaria es un tiburón que se muere cuando deja de avanzar, la respuesta no parece del todo satisfactoria. Sin embargo, resulta evidente que es la clave que distingue al visionario social post-expresionista que es Ballard del McGrath en cuyo arsenal de trucos siguen teniendo preeminencia los narradores no fiables, la ocultación de episodios mediante juegos de perspectivas, la dosificación de la información y otros recursos heredados del siglo XIX y del modernismo literario. Las preguntas sobre otros autores tampoco ofrecieron pistas acerca de cómo percibe McGrath su propia posición. Acerca de Iain Banks, me comentó que lo había leído en los 80 (aunque esa misma tarde, en la presentación de Locura en el Instituto Británico, aseguraría que no lo había leído), y su juicio fue claramente negativo:
      —Escribe demasiado, ¿no creen? Nadie tiene material en su mente para escribir tanto –dijo con total seriedad–. Probablemente acabe siendo el Stephen King británico –(curioso comentario viniendo del autor que acaba de vender los derechos de Locura para ser adaptados al cine por Stephen King. Y sin embargo, lamentablemente cierto).
      Publicada originalmente en 1996, Locura desarrolla muchos temas y motivos presentes en la obra previa de su autor: la manipulación psicológica, el médico como sádico que construye su teatro de operaciones en la mente de sus pacientes y la familia como escenario macabro donde reinan los celos y la repulsión. Y sin embargo, desde la primera página uno percibe que no solamente es el relato de línea más clara de McGrath, sino también el más conservador a nivel formal y de intenciones. Aunque no cabe duda de que es su libro más preparado para bregar con el mercado a ambos lados del Atlántico, el psico-thriller de Locura está lejos de la sátira macabra de Grotesco, del freudianismo irónico de Sangre y agua, del salvajismo cuasi-burroughsiano de Spider o del mundo brumosamente alucinógeno de Doctor Haggard's Disease. McGrath define con pulso de hierro el triángulo formado por el apocado doctor Raphael, su mujer frustrada y emocionalmente inestable y el bohemio psicótico Edgar Stark. Caracteriza sin esfuerzo el microcosmos grotesco del manicomio y lo envuelve todo en la atmósfera brumosa de la Inglaterra de posguerra. Divide los procesos paralelos de desintegración de la familia y de la mente de Stella en cuatro estaciones de un siniestro via crucis (en el manicomio como mujer del intendente, en un loft ocupado de Londres, en una finca de Gales y en el manicomio como paciente) y ciertamente representa con inteligencia la degradación de la mente de la protagonista y de su relación con el mundo, graduando hábilmente el patetismo del relato, insertando con precisión los momentos climáticos (la muerte del hijo de Stella, la reunión de los amantes en el manicomio) y por fin, reservando para las diez últimas páginas la carta escondida cuya aparición uno espera con ansia: el hundimiento por parte del narrador de varios elementos cruciales de su narración. Y sin embargo, el relato nunca llega a causar miedo ni angustia: como máximo, cierta inquietud ante una posible resolución violenta que no llega y un abatimiento considerable resultado del regodeo del autor en la destrucción de la unidad familiar y los sucesivos desencuentros del matrimonio Raphael. Dejando de lado la sorpresa final, lo que trazan las trescientas páginas del libro es una radiografía obsesivamente prolija de las relaciones psicopatológicas desencadenadas alrededor del hundimiento de un matrimonio como resultado de un acto de infidelidad. Las relaciones de rechazo, identificación, proyección psicológica, transferencia y contratransferencia entre cuatro personajes obcecados por poseerse los unos a los otros y por no comunicar sus intenciones verdaderas. Nada de golpes con palas en la cabeza ni enterramientos en el jardín, tal como certificarán decepcionados los fans del McGrath clásico, sino un análisis forense brillantemente resuelto del colapso de una familia burguesa. Algo así como una versión gótico-psiquiátrica de la tradición que va de Updike a Rick Moody. Un Kramer contra Kramer con psicópatas. Puedo decir que mi charla con McGrath ayudó a esclarecer esta paradoja.
      —No entiendo por qué la gente insiste en esas etiquetas –explicó, refiriéndose a su catalogación como autor de horror–. No me veo como un autor de género ni como un autor de literatura fantástica. Lo que me interesa es mostrar la dificultad de las relaciones humanas –sonrió como para subrayar la simplicidad de esta afirmación–. Nada más que eso.
      Aunque he tardado en darme cuenta, lo cierto es que los locos de los libros de McGrath, ya sean psicóticos o neuróticos, sádicos o masoquistas, se entienden mejor cuando uno deja de verlos como locos. Los celos patológicos que el protagonista de Grotesco tiene de su mujer o el odio hacia su yerno y su consuegra; la rabia edípica que Spider siente hacia su padre y el violento impulso sexual que experimenta hacia las figuras maternas, o bien el ansia de posesión que tiene el doctor Haggard tras la muerte de su mujer, todo ello puede leerse de forma mucho más satisfactoria como sistema de representaciones metafóricas de las corrientes soterradas del relato familiar freudiano. Del mismo modo, los personajes trasladados a una estética mucho más naturalista de Locura escenifican un catálogo de pulsiones –y de mecanismos psicológicos para ocultarlas– que uno puede identificar con facilidad fuera del ámbito patológico, en el núcleo de las rutinas familiares y sociales englobadas por los parámetros institucionales de la normalidad. Los deseos de poseer y manipular versus al ansia de abandono y de dejarse destrozar por el Otro. Activos versus pasivos. Sádicos versus masoquistas. Ahí está el verdadero ying y yang de la ficción de MGrath.
      Estos elementos podrían muy bien sustentar una lectura de Patrick McGrath como satirista, lectura que en gran medida se abandonó después de sus dos primeros libros. Las comparaciones con Kingsley Amis o Ivy Compton-Burnett nacieron de una visión de su obra como representación de los vicios psicosexuales de la clase media-alta británica, que en Grotesco y Sangre y agua recibían un tratamiento abiertamente humorístico. Es decir, una visión de su obra como parodia del género gótico encaminado a sacar los trapos de la burguesía, algo así como una actualización de lo que hizo Jane Austen en La abadía de Northanger. Salta a la vista que no hay ninguna parodia de géneros en Locura. De hecho, la novela parece ingenuamente inconscientemente de sus precedentes de género, incluso de algunos que parece imposible obviar por su popularidad como El resplandor de Kubrick (y hay que ser ingenuo, o al menos fingirlo, para llamar Cleave a un personaje de filiación neurótico-mentirosa). Pero sí es cierto que cierta línea de sátira ha sobrevivido soterrada en sus libros. Uno de mis momentos favoritos de Spider tiene lugar cuando el director del psiquiátrico le comunica a Spider que ya se ha curado de su enfermedad mental porque el manicomio ha recibido la orden administrativa de recortar gastos y da el alta a la mitad de los pacientes, lo cual desencadena la tragedia final del protagonista. Escrito en las postrimerías del thatcherismo, el pasaje tiene un componente cómico indudable.
      Las relaciones entre clases sociales están presentes en Locura como elemento no meramente escénico sino argumental, pero lo que realmente hace que todavía hoy mucha gente perciba a MGrath como un autor de tradición austeniana es otro de los grandes enigmas de su obra por los que no pude resistir la tentación de preguntarle: el hecho de que todas sus obras estén ambientadas en paisajes victorianos, en momentos no siempre bien determinados históricamente pero estrictamente previos a la aniquilación de la sociedad británica descendiente del victorianismo que tuvo lugar durante la década de 1960. Ese ambiente tardo-victoriano, el causante de que McGrath sea celebrado tanto en Inglaterra como en Estados Unidos por los amantes de la tradición inglesa, nunca me chocó tanto como cuando me enteré por la gente de Mondadori, el día antes de mi comida con McGrath, de que el autor británico, nacido en Londres en 1950, ha vivido toda su vida adulta en Nueva York.
      —No sé por qué es así –confesó McGrath, contradiciendo en cierta medida lo que comentaría esa misma tarde cuando llegara la inevitable pregunta acerca de si el paisaje de Locura era el paisaje de su infancia en Inglaterra–. Tal vez esa Inglaterra de mis libros no existe. Tal vez venga de recuerdos de infancia pero tal vez nunca haya existido en realidad.
      —¿Puede que sea más literaria que real? –recuerdo que me aventuré a preguntar.
      —Ciertamente –respondió McGrath premiándome con una sonrisa.
      ¿Acaso McGrath es un reformulador posmoderno de la tradición victoriana al estilo de A.S. Byatt o Peter Ackroyd? No lo creo, del mismo modo que no creo que sea esencialmente un satirista. Pienso más bien que el paisaje victoriano de sus libros, compuesto por elementos más o menos convencionales, ya sean del género gótico o del relato urbano dickensiano, tiende a convertirse en un escenario abstracto. Sus personajes de fondo espectacularmente anacrónicos, como mayordomos, herederos frívolos, taberneros rudos del East End, veteranos de guerra y criadas sacadas de un serial costumbrista no solamente proceden de la tradición sino que el autor parece interesado en reforzar sus rasgos arquetípicos. Son los elementos de un escenario desgastado por la tradición y neutralizado hasta convertirse en el fondo aséptico ideal para sus tramas concebidas como complejos esquemas relacionales o relatos familiares. La Inglaterra de McGrath es atemporal, imprecisa, radicalmente incongruente con su propia fecha y en última instancia evanescente. Está pensada como un escenario sumido en la penumbra para que solamente se vean las figuras.
      Me gusta fantasear con la idea de que de alguna forma conseguí desenmascarar a Patrick McGrath durante la hora y media que pasé con él. Los indicios fugaces de apetitos soterrados y pulsiones mundanas bajo su apariencia pulcra y exquisita no me excitaron tanto como el experimentado profesionalismo con que los ocultaba la mayor parte del tiempo bajo una apariencia de amable gentleman autoexiliado. Me resultó evidente que sus momentos más abiertamente irónicos (como cuando en la presentación se quejó de que el presentador lo había calificado de "perfectly nice man" o cuando en la comida suscribió jovialmente la afirmación de Martin Amis de que odiaba entrar en las librerías porque le suponía afrontar la insignificancia de su propia obra en medio de tantos odiosos libros ajenos) no eran más que impostaciones de un cinismo blanco e inofensivo destinadas a ocultar un cinismo más profundo y negro. Aun a riesgo de convertirme en uno de los personajes paranoicos de las novelas de McGrath que ven la presencia del mal en sus interlocutores e imaginan conspiraciones en su contra, prefiero pensar que desvelé a un doctor Cleave sutilmente paranoico y terroríficamente interesado en ocultar sus motivos. Un individuo sádico, manipulador de conciencias ajenas con un apetito desmedido por el vino barato y las tapas y, sobre todo, unas manos enormes, señal inequívoca de lujuria desbordante..

© 2001 Javier Calvo

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