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En su entrevista en The Barcelona Review, el escritor escocés Alan Warner dijo de Juan Carlos Onetti: "Le considero uno de los gigantes del s. XX, el cual, ya en 1937/38, mucho antes de Beckett y Camus, hacía cosas muy interesantes." Graham Thompson, que realizó la entrevista a Alan Warner, leyó algunos de los cuentos de Onetti y quedó impresionado. Unos cuantos meses después, descubrimos el artículo que aquí ofrecemos publicado en la revista uruguaya Posdata (agosto de 1997).

 Warner/Onetti Alan Warner:
EL ONETTI ESCOCÉS
por Gustavo San Román


         
El enorme éxito de Trainspotting, novela del edimburguense Irvine Welsh, cuya versión cinematográfica llegó a Montevideo unos meses antes de su traducción española, no debe verse como un fenómeno aislado. Es más bien el fruto de mayor resonancia, hasta ahora, del gran florecimiento de la cultura escocesa de los últimos años. El más reciente integrante de ese "boom" es un joven narrador que declara como una de sus influencias fundamentales nada menos que al uruguayo a Juan Carlos Onetti.
 
     Alan Warner, autor de las novelas Morvern Callar (1995) y la reciente These Demented Lands, es uno de los más jóvenes protagonistas del actual "boom" de la literatura escocesa. Entre los compañeros de Warner hay una veintena de poetas, narradores y cineastas que están teniendo éxito en otros países de habla inglesa aun cuando escriben en el inglés dialectal de Escocia, como es el caso de James Kelman e Irvine Welsh, cronistas de las vidas de los personajes marginales de Glasgow y Edimburgo respectivamente. Irvine Welsh es el autor de Trainspotting (1993), su primera novela best-seller sobre jóvenes drogadictos de la que se hizo película el año pasado; esa novela y su segunda obra, Acid House, ya han aparecido en versión española. Welsh dijo que Alan Warner es "uno de los más talentosos, originales e interesantes escritores actuales".
     Warner nació en 1964 en Oban, un pueblo de la costa oeste de las Highlands escocesas. Según declaró en un congreso sobre Onetti que organicé en St. Andrews en 1995, se sintió aislado como escritor en ciernes en ese mundo rural y costero. Luego, durante una estadía en Ibiza en busca de un cambio de ambiente y estando trabajando de portero de boite, uno de los habitués le regaló un ejemplar de El Astillero. Warner, que recién estaba aprendiendo el castellano, se vio apabullado por la prosa onettiana y tuvo que abandonar la empresa. De vuelta en Gran Bretaña buscó una traducción y por fin encontró la fina versión al inglés de Nick Caistor. Se sintió hondamente afectado y se puso a leer todo lo que se había traducido, hoy por hoy, afortunadamente, casi toda la obra de Onetti. La novela que acaba de aparecer, Estas tierras dementes, está dedicada, además de a Mark Richard y a Michael Ondaatje (autor de El paciente inglés), a "Juan Carlos Onetti (1909-1994)". El título recuerda a Tierra de nadie (1941), aquella caleidoscópica visión onettiana del bajo mundo de Buenos Aires.


Morvern Callar

      Primero conviene comentar la primera novela, cuya versión cinematográfica a cargo de la BBC es inminente, y cuya
traducción española acaba de salir en Barcelona y está en camino a Montevideo. La protagonista epónima es una muchacha de 21 años que vive con su novio en un parque de viviendas económicas y que trabaja en el supermercado de un pueblo costero que tiene resonancias del nativo de Warner.
      La novela comienza con el hallazgo por parte de Morvern del cuerpo muerto de su anónimo novio, a quien se refiere sólo como "Él" durante toda la trama. Morvern es huérfana y su padrastro, Henna el Colorado, vive con Vanessa la Deprimente; la mejor amiga de Morvern es Lanna, compañera del supermercado. Morvern no se somete a la voluntad de nadie y hace exactamente lo que quiere, aunque el lector nunca recibe explicación de sus actos ni expresión de sus intenciones, pues Warner no construye una interioridad psicológica de manera explícita. La caracterización es siempre externa: nos vamos enterando de cómo es Morvern mediante sus acciones y la experiencia de sus sentidos, acompañadas por algún parco comentario que hace a sus amigos; como a los otros personajes, a nosotros también nos resulta un personaje enigmático y fascinante. Ella misma admite que no le gusta hablar, que es taciturna, y lo es no sólo hacia los otros, sino también para sí misma. De ahí lo apropiado de su apellido, que en inglés se pronuncia "cólar" y de cuyo significado etimológico se entera Morvern al llegar de vacaciones a un balneario español. En cuanto al nombre de pila, es también el de la península que está al noroeste de Oban, entre el Estrecho de Mull y el Lago ("Loch") Linnhe.
     Morvern Callar comienza con una escena inquietante cuyas reverberaciones van a seguir dominando la trama hasta el final, sin resolverse definitivamente. Aquí va una traducción al español rioplatense del comienzo de Morvern Callar:
Morvern Caller
     Se había degollado con el cuchillo. Casi se había amputado la mano con la cuchilla de carnicero. Como no se podía oponer, prendí un Silk Cut. Sentí una especie de onda de algo. Tuve miedo, pero también se me ocurrieron cosas más optimistas.
Estaba desnudo y muerto, boca abajo en el linóleo de la despensa con sangre por todos lados. Las luces del árbol de Navidad se prendían y se apagaban. Eran de las que se les puede cambiar el ritmo. Lo seguí mirando un buen rato, ahí tirado en el suelo, hasta que oscureció y se veía la pantalla de la computadora de Él, todavía encendida.
Empecé a llorar por todos los regalos que había debajo del árbol, pensando en que Él estaba muerto. Los regalos inútiles siempre me ponen triste. Cuando me pongo triste siempre empiezo a llorar por mí y después pienso en la otra gente. La vecina de Corran Road, a la que se le cayeron los hijos del barco y se le ahogaron. Lloró tanto que perdió un ojo. Lloré pila y me quedó moqueando la nariz.
     Tiré el Silk Cut al suelo, donde se siguió quemando hasta el filtro sobre una tabla barnizada. Paré de llorar porque casi no podía respirar y estaba muerta de frío. Bajé la velocidad de las luces intermitentes del árbol de Navidad. Encendí la luz de la despensa y prendí el cafetón y la estufa eléctrica pero no quise poner un disco. Supongo que estaba pensando si ir a la cabina de la estación de nafta para llamar a la policía o a una ambulancia o a quien sea que se encarga de estas cosas. Después se enteraría todo el mundo en el pueblo. Saldría una foto en el diario. Habría que avisarle a su padre, que vivía en el extranjero. También se enterarían mi padrastro y la compañía de los ferrocarriles y todo el mundo en el supermercado.
      El calefón demoraba media hora en calentarse y eran alrededor de las ocho según el reloj del video. Tenía que hervir agua en la caldera para lavarme la cara, que estaba sucia de tanto llorar.
     No podía pasar junto a Él sin pisar Su sangre y me daba miedo acercarme mucho así que me fui al cuarto a buscar mis cosas. Tomé la última pastilla del ciclo. De vuelta fui hacia la despensa, tomé distancia y di un salto por encima del cuerpo. La pileta estaba llena de platos sucios así que les di una buena lavada. La cara de Él estaba junto a mis pies descalzos. Puse el pico de la caldera eléctrica debajo de la canilla. Después puse la bombacha sobre el pico y estiré el elástico hacia los costados. Cuando la caldera hirvió me puse la bombacha calentita. Di un salto para atrás por encima de Él para vaciar la caldera, porque no quería quemarme las piernas. Metí el pie de la sangre. Volví para adelante y dije una palabrota en voz alta. Me limpié el pie en la alfombra.
     Me lavé la cara en el agua con olor como a quemado de la caldera, y me vinieron ganas de ir al baño. Sentada en el water me di cuenta que había cerrado la puerta con llave, aunque Él estaba muerto. Hice pichí y después caca, y me limpié hacia atrás, como hay que hacer. Aunque Él estaba muerto usé el spray de desodorante ambiental.
     Por hacer algo guardé todos los regalos para Él y para Hanna el Colorado, Vanessa la Deprimente y Lanna en el armario del calefón. Prendí un Silk Cut. Hice una hilera con todos los regalos de Él para mí y rompí las envolturas como si fueran cajas de manzanas en el supermercado: una campera de cuero lustrado de novillo, un paquete de medias de denier bajo color amarillo claro, un encendedor tipo de oro, una especie de combinación de imitación seda y un Walkman precioso con pilas y todo. Me puse a llorar de nuevo al pisar la sangre y me arrodillé en el suelo. Terminé tocándole el pelo porque el resto estaba frío. Toda la sangre del suelo tenía una especie de nata arriba. Cuando vi que se me terminaba el Silk Cut metí el pucho en la sangre y siseó por un momento antes de apagarse.
     Había estado llorando tanto rato que el el agua ya estaría caliente. Cuando me levanté me colgaban pedacitos de la nata de sangre de las piernas y algunas gotas frescas se cayeron al suelo. Mis pies descalzos dejaban unas huellas oscuras en las tablas del piso. Al frotarlas con el papel lustroso de envolver los regalos de Navidad se convirtieron en marcas alargadas.
      Me arrodillé en la bañera. Me lavé las rodillas y también por adentro. Cuando las piernas estaban calientes y ya no tenía piel de gallina, me las afeité. Me hice un pequeño corte con la gilette y apareció una burbujita de sangre que empezó a deslizarse enseguida. Eché un poco de jabón de burbujas en la bañera y la llené de agua.
El agua estaba muy caliente, así que le agregué fría.


     Después del baño, uno de varios de los que jalonarán la trama, Morvern se pone los regalos que le había comprado el misterioso Él y sale a la calle a empezar una serie de aventuras, primero locales, que incluyen el que la echen del trabajo, y luego en Londres y en un balneario de la Costa del Sol española. En todas ellas cumplen papeles importantes los cigarrillos (marca Silk Cut), la bebida alcohólica (sobre todo el Southern Comfort con gaseosa) y las discotecas. También, en los periódicos momentos de soledad, figuran la naturaleza de las montañas y valles escoceses vecinos de su pueblo, o la del balneario español. De todas estas aventuras Morvern surge como una chica independiente, atractiva, sin planes muy claros para el futuro y con una firme devoción hacia el presente. El dinero que recibe de su novio, y el de los derechos de autor de la novela que Él escribió y que Morvern hace pasar por suya, desaparece en poco tiempo. Al final de la novela no se sabe bien qué va a ser de su vida.
      Lo del baño es importante, ya que indica una preocupación constante durante la novela en la experiencia de los sentidos. A Morvern le atraen la música moderna, la variedad de la luz matinal, la consistencia de la nieve o del barro en un río de las tierras altas escocesas, y las varias sensaciones que le produce el nadar por la noche en el Mediterráneo. Hay un cierto eco de la noveau roman en este mundo sensual y sin gran profundización psicológica, que nos da la impresión de que no debemos tratar de entender a Morvern, así como ella no intenta comprender lo que le sucede alrededor. La comprensión que practica Morvern no es verbal, sino sensual.

Estas tierras dementes

     Como en los textos de la saga onettiana de Santa María, Morvern Callar tiene su continuación en Estas tierras dementes. Morvern acepta la sugerencia de una muchacha a quien conoce cuando vuelve a sus pagos embarazada y sin un centavo al final de la primera novela. La chica le dice que un amigo de su tío tiene un hotel en la "isla", junto a una pista de aterrizaje, donde es probable que Movern consiga trabajo. La nueva novela empieza con el naufragio del ferry que va a esa isla que corresponde a Mull, situada frente a Oban en el mapa real de Escocia. Esta vez la trama y la estructura del texto son bastante más complejas. Hay tres grandes secciones: Primer texto-primera parte y Primer texto-segunda parte. De cada texto hay un segundo manuscrito, con notas del editor. La última sección es una carta, firmada por Morvern Callar (cuyo nombre había estado oculto hasta ese momento: la última página).
     Mientras que en la primera novela el punto de vista y la voz narradora eran siempre los de Morvern, en el nuevo texto varían los dos aspectos, así como el número de personajes de importancia, que aumenta.
Estas tierras dementes contiene algunos ecos onettianos, sobre todo de la última novela del uruguayo, Cuando ya no importe. En general, son los dos textos complejos, fragmentarios y no lineales, pero el tan manido término "posmoderno" no es aconsejable como definición, dado el rechazo explícito que recibe en ambos textos. En el segundo párrafo de la novela de Onetti, cuenta el narrador que él y su mujer pasaban hambre. Luego agrega: "nos consolábamos a veces con comidas a las que buenos amigos nos invitaban, chismes, discusiones sobre Sartre, el estructuralismo y esa broma que las derechas quieren universal, saben pagar bien a sus creyentes y la bautizan posmodernismo". Compárese con las palabras de Morvern en carta a su padrastro: "¡Tuve una conversación sobre posmodernismo! En serio. Hasta llegué a pronunciar esa palabra tan ridícula y a agarrar los sándwiches con dos dedos. Fue en una universidad". El desprecio por el posmodernismo tiene también, en las dos obras, una dimensión política, ya que en ambas reciben fuertes críticas por igual el capitalismo y el totalitarismo.
     Esa carta de la sección final de Estas tierras dementes es un caso bastante específico de resonancia onettiana. Aunque el lector sabe que la remitente todavía se encuentra en la isla correspondiente a Mull, Morvern escribe desde una "Dirección secreta, digamos Tierra del Fuego". La elección del lugar es vaga referencia al mundo onettiano. Menos vagas son la equivalencia de tono y ciertos elementos de contenido entre esta carta y la que le envía Elvirita a Carr en Cuando ya no importe, que aparece también al final de esa novela. La carta que recibe Carr lo deja triste y meditabundo: "Miro mil veces el sobre donde no hay nombre de remitente. El matasellos del correo, verde y amarillo, dice Agua Branca. Eso está en San Pablo, Brasil. La carta fue escrita en Haití, en un papel de color endemoniado, casi violeta pero no del todo. Un color escogido para dañar los ojos. También en esto reconozco a María Elvira." Aquí va un trozo:

Querido:
[... No sé si algún día te llegará esta carta. Tu dirección, que haces bien en esconder, me la dio la Diosa del Gran Vudú. La vida me sigue asombrando porque cada día me despierto más joven. Espero que también te asombre esta carta y sobre todo el color del papel en que está escrita y que mucho trabajo me dio conseguir. Es un color de alma en declive, lo preferí a otro que era alma en subida y correspondía a un estado más erótico, digamos que más orgásmico. (Pero de orgasmo verdadero, no de aquellos que mi analista dice que no son los buenos.) Bien sé que a esta altura estarás desesperado por saber mucho del tema más importante del mundo, o sea yo misma, mi vida actual. Estos negros de los que te hablo es verdad que tienen una mezcla civilizada que los disminuye. Pero si añadimos a eso su diminuta herencia francesa, pueden dar...pueden. Los franceses siempre se las arreglan para poder y ellos sumando las dos cosas alcanzan marcas olímpicas. Claro, yo simulo. Las mujeres sabemos cómo se hace. Hay que mezclar algún gritito y dos o tres -no más- palabras inteligibles. Yo, para estos casos suelo usar el copto y también el bengalí de la parte occidental del África central. Por supuesto usando las reales palabras que corresponden al momento. Por ejemplo REFRIENMA KIU KIU, que en copto significa "me matas" y también, si le agregas una g al final, "cuidado, puedes matarme". Esto por precaución, ya que allí, llegado el momento, el varón te toma los hombros y te golpea la cabeza contra el catre, dependiendo la fuerza de los golpes de la fase de la luna. En general luna creciente golpe batiente y luna menguante golpe delirante. En fin, es antropológico de la primera a la última caricia y un poco secreto para el resto. Cuídate mucho y aquí va el beso que no fue.
M.E.



     Por su parte, la carta de Morvern está dirigida, suponemos, a su padrastro, Henna el Colorado, quien en la primera novela termina acostándose con Lanna, la amiga íntima de Morvern que por su parte se había acostado con "Él", para gran decepción de Morvern cuando se entera. El tono de esta carta confirma la desilusión de Morvern con los dos y con su lugar natal, desilusión que la llevó a viajar sin destino, como una exiliada. En esto se parece mucho a Cuando ya no importe, que además de novela-último-testamento, por ser la última que escribía un Onetti muy consciente de su decaimiento físico, es un texto sobre el exilio del protagonista, Juan Carr(los Onetti). Otro aspecto relevante es el buen número de resonancias religiosas, de las que tampoco está ausente la obra de Onetti. La carta de Morvern comienza así:


Querido Papá (o lo que más se le parece en mi vida):
     Encontré este papel: tan suave al tacto, como el vientre chato de una muchacha de veinte años, ¿no?, hace un tiempo en un hotel al que no podré volver, un isla en el fin del mundo, ¡donde había una pareja que se había propuesto matrimonio en vivo por radio nacional! Yo todavía sigo sin casarme, aunque últimamente he tenido un buen número de pretendientes. Te escribo para contarte que me quedé preñada y que sos abuelo aunque no te lo merezcas porque no sos buena persona. Quizás ya hayas exhalado el último aliento. Me importa un rábano, pero pensé que te podría atormentar por última vez con el cuento de los hechos que llevaron al nacimiento del bebé y a La Natividad misma.
     ¡Las cosas que vi en los últimos años! Escuché atentamente a mi cuerpo e hice todo lo me pedía -¡obviamente!- y en lo demás me dediqué sobre todo a leer libros mientras tomaba café con azúcar por toda Europa.
     ¡Papi, un hombre cruzó el Danubio a nado por mí! ¿No te enorgullece? Está lleno de hedionda polución ex-comunista. Yo acababa de aterrizar de un vuelo muy turbulento desde Estocolmo, ¿o fue desde Londres? No importa, salí volando en taxi (el taximetrista conversó consigo mismo todo el viaje) a un sótano donde el hombre llevaba viviendo en una jaula cuarenta días y noches, subsistiendo a agua de manantial; era por el districto gitano, barrio número seis o siete; y entonces a la luz de unas velas empezaron a salir chispas de las sierras con que cortaban las rejas mientras un hombre tocaba un didgeridoo. El aire estaba enmohecido y lleno de los murmullos de los periodistas -había un equipo de CNN y una pila de artistas conceptuales, estudiando las sombras.
      El hombre hizo un discurso larguísimo sobre su experiencia, en un idioma que yo no entendí para nada. Se comió un pedazo de pan y tomó un dedal de vino que viene en nueve variedades de dulzura.
      Para la tardecita el loco ya estaba nadando en el agua barrosa -fue hasta el otro lado y ya estaba de vuelta, casi había llegado hasta la mesa de metal del café donde estábamos, cuando lo agarró la Policía Fluvial. Una lástima. Le doblé los pantalones con cuidado y los puse en el respaldo de la silla de enfrente y dejé suficiente dinero como para pagar la cuenta. No era el Jesús por el que yo había cruzado Europa; lo encontré más tarde, en el hotel, pero de eso te contaré más cuando tenga ganas. Me asenté en el New York Café: unos mozos groseros y hermosos con sacos y chalecos blancos (me acosté con dos), un pianista; unas tortas fenomenales, a precios tontos. Le pedí al viejo pianista que se especializaba en Strauss que me tocara "Donde está" de Beck, y me cagaría si no se puso a tocarla con todo. Nos hicimos amigos pero no amantes aunque me le desnudé una vez. La gran puta, debía tener ochenta años y todavía me enseñó algunas cosas. ¡Yo disfrutaba dándoles celos a los dos mozos jóvenes!


     Los paralelismos incluyen la aversión a nombrar al destinatario o la dirección desde la que se escribe y la vaguedad en general en cuanto a la geografía; referencias al papel en que la chica escribe la carta; buena dosis de contenido sexual de parte de una chica que sabe que el veterano destinatario la desea aunque está en posición parecida a la de un padre; por ello, clara intención por parte de la escribiente de conseguir revancha, mediante frases y descripciones maliciosas, por ciertos actos de aquél. El cambio más explícito es de punto de vista: Onetti asume el del hombre viejo ya cerca de la muerte; Warner el de la joven que desafía al moribundo; en ambos casos, los autores cuestionan y hasta llegan a reírse de la moralidad convencional. No parece haber sido inocente la elección por Alan Warner de esta misma epístola de Elvirita a Carr para leer en el lanzamiento de la traducción al inglés en St. Andrews. El hacer una variación sobre el mismo tema en su próxima novela es un acto de simpatía -en el sentido griego de dolor compartido- en la visión de los seres humanos.
      Hay un eco más de Onetti en Estas tierras dementes, esta vez de Dejemos hablar al viento. Como esa novela, la de Warner termina en una conflagración. Los varios hilos narrativos se atan en este final apabullante:


These Demented Lands cover
      Y después, papá, siento que me levantan y me ponen en una nueva superficie: es la parte de atrás de un Volvo cinco puertas que está lleno de paja. Para colmo es último modelo.
     La puerta del garage está abierta de par en par. En la confusión que me están causando las drogas a esta altura, me parece ver a una familia de New Age, que se debe haber asentado en la casa rodante que había sido para el personal del hotel y que está saliendo con los niños. Estaba segura que en alguna radio cercana estaban pasando "la vida tranquila" por Japón, pero no me acordaba de la letra. Había olas de humo y me cagaría si no me estaban tirando de los Levis. Che, es como coger en la playa. Con sacarte una pierna de los vaqueros ya alcanza. Yo me reí, y en ese momento sentí esa sensación rara en los músculos y empujé con todo.
     Un pedazo de humo aceitoso pasó junto a la puerta del garage. Una especie de sábana de fuego subió como un latigazo hacia el cielo y se cayeron unas vigas en el corredor del pabellón del hotel; las luces parpadearon como locas, como si dedos inhumanos las estuvieran prendiendo y apagando.
Explotó una ventana del comedor y las cortinas se inflaron hacia afuera y reventaron. El fuego consumió todo el techo y se movió hacia la plantación de pinos; a través de mis lágrimas vi cómo una fila de árboles se levantaba en una ráfaga de llamas, mientras la ventanas estallaban y las tejas del techo se doblaban sobre la cocina donde yo había dejado prendidas las freidoras: temperatura a tope y cubiertas con paños mojados.
     Acto seguido todo el bosque de pinos estaba en llamas y, mientras mi hijo nacía en una explosión de sangre y el guardabosques lo ayudaba a salir y lo levantaba hacia mí, la cara embadurnada de un antiguo profeta o vidente se acercó a la mía, dejando una marca de sangre viscosa en uno de mis pechos que tenía el pezón erecto por la brisa cargada de humo, mientras se derrumbaba el infierno de árboles, algunos sobre la pista de aterrizaje y otros sobre el cementerio, derribando los ángeles de graves miradas, las prudentes cruces que cubrían la tumba del padre de la Hermandad, cuyo deseo de incendiar el hotel se había realizado por fin, la tumba de Carlton que acababa de ser robada, y el brillante pelo colorado del horror momificado que había desenterrado Macbeth de una tumba cualquiera que yo le había dicho era la de mamá, de la tumba que no le había dado nada, y el fuego cubría la lápida intocada de mamá.
      El guardabosques tomó el cuchillo que me había prestado, cortó el cordón umbilical y me devolvió el cuchillo.
 





Warner y Onetti

     Aunque la originalidad es una de las características que más aparecen en las reseñas de las novelas de Warner, se han podido señalar ciertos rasgos que las relacionan con la obra de Onetti. Por otro lado, también se ha indicado lo que parece a primera vista una diferencia importante entre los dos autores: la caracterización del personaje en Warner es implícita, exterior y no articulada verbalmente, lo que parecería ir en contra de la técnica del autoanálisis de los grandes personajes onetttianos como Brausen de La vida breve, Larsen de El astillero y Juntacadáveres y Jorge Malabia o Díaz Grey de, entre otras, Para una tumba sin nombre.
     Pero Onetti también tiene protagonistas que no expresan sus preocupaciones de manera explícita. Es el caso de El pozo, como Morvern Callar novela en primera persona, donde Eladio Linacero rechaza las ideas y las explicaciones sensatas de las cosas. Algo parecido ocurre con el basketbolista enfermo de Los adioses, quien aunque descrito exteriormente a través del almacenero, mantiene su intimidad psicológica como acertijo hasta el final. Y teniendo en cuenta el sexo de Morvern Callar, se puede recordar el caso de las también taciturnas protagonistas de Tan triste como ella y La novia robada, paralelos interesantes de Morvern por ser mujeres creadas por autor hombre. Un segundo caso posible de variación es el uso del humor: hay en Warner páginas realmente graciosas; es más difícil decir lo mismo de los principales textos de Onetti; pero en ellos hay dos parientes del humor en cantidades respetables: ironía y sarcasmo. Además, sí hay más humor en el último Onetti, el de Cuando ya no importe. Pero la abierta aceptación de la influencia del uruguayo por el joven escocés merece que intentemos encontrar similitudes más generales. Creo que se pueden sugerir dos.
     La primera es una misma capacidad de hacer dramas con personajes no heroicos y a partir de una parecida concepción del realismo: los dos escritores logran dar una visión del contexto y las aspiraciones de la gente de sus respectivas sociedades con un alto nivel de precisión y verosimilitud. El mundo de los jóvenes de la clase trabajadora de Oban es tremendamente fiel al de la vida real; tanto como el mundo de la baja clase media de Santa María en Onetti. Pero este realismo no lo es en el sentido decimonónico de la creación de un personaje estereotípico de la época y de su clase. Morvern y sus vecinos o compinches son actores o testigos de un mundo curioso y original, aunque dentro de los parámetros de lo posible. No se trata de actos o personajes improbables, sino más bien excéntricos. Y en su excentricidad, son iluminadores de la psicología y la realidad: el suicidio de Él y la manera en que Morvern se deshace de su cuerpo (entierra pequeños pedazos por las montañas a pocos kilómetros del pueblo), las anécdotas de las mujeres en el pub sobre lo bárbaros que suelen ser los hombres (como la del que defecó sobre la barriga de una de ellas, porque estaba tan borracha a la vuelta de la discoteca que se quedó dormida sin hacer el amor); o el daño inspirado por la droga y el alcohol que se hacían los jóvenes británicos que conoce Morvern en la Costa del sol (a ver quién lograba la peor quemadura de sol). Estas experiencias ilustran una perspectiva inusual sobre la realidad, desde la que se captura con riqueza el mundo que existe alrededor: la taciturnidad de Morvern y la intensidad de su relación con Él; las presiones sociales que se ejercen sobre el papel de los sexos; la fragilidad de un mundo juvenil con escasos parámetros morales.
      Algo comparable ocurre con ciertos personajes onettianos. Piénsese en Jorge Malabia y su misión personal de enterrar a la ex-sirvienta y puta Rita, acompañado del chivo que había sido el pretexto para conseguir clientes en Para una tumba sin nombre; o en Larsen y sus ilusiones de fundar un prostíbulo en Juntacadáveres o de resucitar una empresa en ruinas y enamorar a la hija idiota de Petrus en El astillero. Todas estas metas representan visiones idiosincráticas y enriquecedoras sobre la esperanza humana en un mundo hostil.
     En un bello artículo sobre Onetti para el diario de Edimburgo, The Scotsman, Warner notó que la pobreza es rasgo esencial de los personajes del uruguayo. También dijo Warner que la grandeza de Onettti está en su habilidad para crear personajes memorables aunque moralmente ambiguos. Creo que en ambos aspectos el joven escocés también se compara al predecesor uruguayo; nótese que Morvern, aunque no aspira como Larsen a una meta que le dará respeto o fama, comparte con los personajes onettianos la inclinación a las actividades vagamente ilegales y se hace pasar por la autora de la novela de Él, cuya publicación le da un respiro económico. Me parece también claro que en Morvern Callar, Warner ha creado un personaje que va a durar.
      Y para terminar, la segunda similitud: así como Onetti habló sin tapujos y sin miedos sobre las influencias que lo marcaron (Faulkner, Céline, Conrad y otros), también supo hacer una literatura propia. La obra de este joven escocés, que también declara sus deudas con un maestro, tiene ya rasgos que apuntan en la misma dirección. Eso además de ser prueba de que en literatura todos los vínculos son posibles, aun entre dos mundos tan aparentemente dispares como la Santa María de los años 50 y el oeste de Escocia de los 90.




© Gustavo San Román

Este artículo apareció por primera vez en la revista uruguaya Posdata (agosto de 1997). Aquí se reimprime en la versión de Pau Pérez con el permiso del autor y de Posdata.
Gustavo San Ramón es el autor de las traducciones rioplatenses de Morvern Callar que aparecen en este artículo.

Esta artículo no puede ser archivado ni distribuido sin el permiso expreso del autor.
Por favor, leed las condiciones de utilización


Morvern Callar ha sido publicada por la editorial española Ediciones b - con traducción de Mercè López- bajo el nombre Cara quemada. (ISBN 84-406-7203-9) (volver)

Gustavo San Román nació en 1956 en Montevideo y lleva varios años en Gran Bretaña. Es profesor de la Universidad St. Andrews, Escocia. Entre sus libros se cuenta Amor y nación. Ensayos sobre literatura uruguaya , publicado por Linardi y Risso. Está preparando un volumen colectivo de ensayos en inglés sobre Onetti, Onetti and Others (Suny, New York).

Para ver más trabajos de o sobre Alan Warner en
The Barcelona Review: el cuento Taco de playa, una entrevista, y el artículo Diseño de cubiertas 2

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