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UNA ILUSIÓN ÓPTICA
Pinckney Benedict


Personajes:

CURTIS PETTIJOHN, un mal bicho, 28 años

LIDA LEE LOVE, su chica, 23 años

LOCUTOR DE RADIO, voz en off

ENTREVISTADOR EN UN PROGRAMA DE RADIO, voz en off

SU INVITADO, voz en off

POLICÍA, voz en off



(CURTIS y LIDA LEE están escondidos en la habitación de un motel barato en el Pocahontas County, Virginia Occidental. Sus ropas están desparramadas por el suelo. Curtis está tumbado en la cama y se cubre los ojos con el brazo. Es delgado y musculoso y tiene los bíceps llenos de tatuajes propios de un carcelario. Lleva pantalones cortos y camiseta sin mangas. Lida Lee, pequeña, delicada y muy bonita, viste una camiseta larga. Se levanta.)

LIDA LEE: ¿Curtis? ¿Estás despierto? Voy a correr las cortinas.

(Lida Lee corre las cortinas. Un intenso rayo de luz penetra en la habitación. Curtis, quejándose, entrecierra molesto los ojos y se los vuelve a cubrir. Extiende el brazo y busca la mesita de noche.)

CURTIS: Necesito las gafas de sol. ¿Me has cogido las gafas? No las encuentro.

LIDA LEE: Te las dejaste. Se quedaron en el Montego, el coche que pillamos ayer.

CURTIS: ¿Me las dejé ahí?

LIDA LEE: Fijo. Las dejaste en la visera y allí estaban cuando salimos del coche. Metiditas en su funda.

CURTIS: Joder, Lida Lee. ¿Por qué no me avisaste? Con eso se las apañan para seguir un rastro. De alguna manera, podrían seguirnos la pista con ese tipo de cosas. Una de esas distracciones por las que pringan los fugitivos en la tele.

LIDA LEE: No eran mis gafas. No las necesitaba. Supongo que si no te acuerdas de coger tus cosas no pretenderás que te lo recuerde yo. No soy tu mamá.

CURTIS: Podrías haber dicho algo. Sabes que la luz me deslumbra.

LIDA LEE: Nunca he necesitado gafas de sol. De hecho, cuando era pequeña, lo que más me gustaba era mirar fijamente al sol, pero no me dejaban. Siempre me lo impedían. En cambio yo no creía que eso pudiera hacerme daño.

CURTIS: Bueno, pues ahora no te pongas a hacerlo.

LIDA LEE: ¿Por qué no?

CURTIS: Te quedarías ciega.

LIDA LEE: Me da igual. Podría ser ciega y seguir estando la mar de contenta. ¿Harías algo por quedarte ciego, si yo lo hiciera?

CURTIS: Ya me estoy quedando ciego.

LIDA LEE: Eso sí que sería una prueba de amor.

CURTIS: Si no me encuentras unas gafas, voy a tener que cerrar las cortinas.

LIDA LEE: Si fijas la mirada en el sol durante el tiempo suficiente siempre lo verás. Se te queda impreso en los ojos, nada puede superar su brillo. Sabríamos que siempre estamos mirando lo mismo.

CURTIS: Nada.

LIDA LEE: Tendríamos ese último espectro solar. Esa visión persistiría en nosotros.

CURTIS: Necesito que cierres esas cortinas ahora, Lida Lee. Ya nos quedaremos ciegos más tarde, si quieres.

(Lida Lee cierra las cortinas.)

LIDA LEE: Tío, el camionero ese que nos recogió ayer, me deseaba de verdad, ¿no?

CURTIS: Le pusiste caliente.

LIDA LEE: Me necesitaba.

CURTIS: Creyó que se te iba a ligar.

LIDA LEE: Ni se enteró de qué iba la cosa cuando le puse la pistola en la cara. Pensaba que se trataba de una especie de juego.

CURTIS:«Eh, nena, no vayas tan fuerte». Eso es lo que dijo.

(Lida Lee saca de debajo de su almohada una pequeña 380 automática, mate. Bromeando, se la pone a Curtis en las costillas.)

LIDA LEE: Lo has hecho muy bien. Repítelo.

(Esta vez, la imitación de Curtis es peor.)

CURTIS: «Eh nena, no vayas tan fuerte.»

LIDA LEE: Y yo le dije, «Fíjate bien, idiota. Es una pistola con lo que te estoy apuntando».

CURTIS: Aparta eso. Me pone nervioso.

LIDA LEE: Él no dijo eso.

CURTIS: No es él quien lo dice, soy yo.

LIDA LEE: Se puso nerviosísimo, ¿no? Se puso a tartamudear. Me parece que ya había oído hablar de nosotros. Incluso pedía perdón por haberse arrambado y haberme mirado de aquella manera. Quería que me diera cuenta que lo lamentaba de verdad.

CURTIS (asustado): Aparta la pistola.

LIDA LEE: Cuando me empezó a hablar de su mujer y sus hijos le metí una bala. Le atravesó las costillas. Un shock hidrostático le paró el corazón.

CURTIS: Te he dicho que apartes la pistola.

LIDA LEE: A veces eres tan bobo.

(Ella vuelve a deslizar la pistola bajo la almohada.)

CURTIS: A tí tampoco te gustaría que te pusiera la pistola así.

LIDA LEE: Me daría igual. De todos modos, no ibas a disparar.

CURTIS: ¿Cómo lo sabes?

LIDA LEE: Porque crees que me quieres.

CURTIS: Siempre ha habido mucha gente que quería a otra y que acabó cargándosela. Sucede todos los días.

LIDA LEE: Es verdad.

(En la cama Curtis atrae a Lida Lee hacia la cama. Empieza a besarla y a acariciarla. Ella se resiste y se levanta.)

LIDA LEE: Estos tíos que nos recogen creen que saldrán indemnes, hagan lo que hagan. Se quedan tan alelados cuando ven a una tía en la carretera, que ni siquiera se les ocurre mirar si hay alguien más entre los matorrales. Su lujuria les confunde. La hostia, tiene su gracia.

CURTIS: La policía nos está buscando, ya sabes. Si nos encuentran nos matarán.

LIDA LEE: Nos encontrarán. Y nos matarán. Es evidente.

CURTIS: Estamos fuera de la ley. Fuera del sistema. No tenemos a nadie . Ahora, sólo nos tenemos el uno al otro.

LIDA LEE: Y a tu hermana.

CURTIS: Tienes razón. Tenemos a mi hermana.

LIDA LEE: Crees que nos dejará estar en su casa, pero no. Nos cerrará la puerta en las narices como si fuéramos animales.

CURTIS: Ella no sabe nada. Ni siquiera es capaz de imaginarse lo que estamos haciendo.

LIDA LEE: Si logramos llegar hasta su casa, bastará con que nos eche un vistazo para que se entere de todo. Dirá: «¿Qué, Curtis? Con que matando gente. Ellos te recogían en su coche y tú te los cargabas. Cuando lo oí en las noticias, sospeché que eras tú. Ahora estoy segura.» Lo sabrá en cuanto nos vea. Lo llevamos escrito. Lo llevas en la cara.

CURTIS: No se dará cuenta. Vive en Hilton Head Island, Carolina del Sur. Es una especie de sitio de veraneo. Allá, la gente no tiene ni idea de lo nuestro. Son ricos. Son ingenuos.

LIDA LEE: No tan ingenuos. Ve con cuidado.

CURTIS: Me contó una cosa que le había pasado. Tenía un perro con el que no paraba de dar largos paseos. Salían por los campos de golf que hay alrededor de su casa, grandes extensiones llanas y arenosas. Paseaba al perro por los caminos que bordean los canales. Están pavimentados con conchas rotas.

LIDA LEE: Esto acabará mal. Ya estoy sufriendo por el perrito.

CURTIS: No era un perrito. Era un doberman, un mamón con unos dientes de la hostia. Mientras ella paseaba, el bajaba al canal y se metía en el agua. Jugueteaba con el agua, como si estuviera viva. Siempre volvía de los paseos empapado como una esponja y con algas entre las uñas. Dejaba la marca de las patas en la gruesa alfombra blanca de la casa, mientras iba de un lado para el otro. Las huellas se esfumaban tras él, hasta parecer manchas espectrales.

LIDA LEE: Me parece que ya había oído esta historia.

CURTIS: Un día ella oyó un fuerte chapoteo proveniente del canal. No un aullido ni nada parecido, sino un golpe seco, como si hubiera caído una palmera enorme en el agua. En ese momento ella estaba mirando para otro lado.

LIDA LEE. Y cuando se volvió, el perro había desaparecido.

CURTIS: No lo encontró en ningún sitio. Allí abajo sólo había agua poco profunda pero tan oscura y viscosa que parecía salsa de carne. Quedaron unas pequeñas ondas que desaparecieron mientras ella seguía mirando. Lo buscó durante un rato y luego se dirigió hacia casa sin el perro. Cuando regresó al día siguiente, un viejo y su nieto estaban sentados en el banco que había al lado del canal. Llevaban cañas de pescar y el sedal con el corcho flotaba en el agua cubierta de verdín.

LIDA LEE: ¿Les comentó algo sobre el perro?

CURTIS: Les dijo, «ayer perdí a un perro por aquí. Creo que se lo habrá comido un caimán.» Ese viejo rico y guapo y su nieto se la quedaron mirando. Los corchos se agitaban en el agua. La miraron como si nunca hubieran oído nada parecido. La miraron como si esas cosas nunca pudieran pasar en su mundo.

LIDA LEE: Probablemente, ese chico no era más grande que el perro.

CURTIS: Justo eso fue lo que ella pensó. No quería que a él también se lo pudiera llevar un caimán hacia las profundidades. Quería decirles eso. Pero el chico era un ingenuo. Y también su abuelo. Desconocían la maldad y no se imaginaban que pudiera sucederles algo malo. Al cabo de un rato, reanudaron su pesca.

LIDA LEE: Yo me hubiera largado de allí, y lo más rápido posible.

CURTIS: Le dieron la espalda e hicieron como si ni siquiera estuviera allí. Así que ella volvió a casa. A juzgar por su mirada, casi le hicieron creer que nunca había pasado nada. No supo si era real o no hasta que vio las huellas descoloridas del perro sobre la alfombra. Nunca más volverá a pasear junto a los canales, aunque se lo pidas.

LIDA LEE: No se lo pediré.

CURTIS: Así son en Hilton Head Island. Por eso nos dirigimos ahí.

LIDA LEE: Para sobrevivir entre caimanes.

CURTIS: Hay cosas peores. Puede que ni siquiera esté en casa y que acabemos los dos solos ahí. Iremos a nadar al mar. Tomaremos el sol. Todas las noches iremos a cenar fuera, si quieres. En Hilton Head Island nunca tendrás que cocinar.

LIDA LEE: Me cansa comer siempre fuera de casa. Oye, tengo que ir a la habitación de la niña. Después nos pegamos un polvo y nos largamos, ¿vale?

(Lida Lee se desnuda y va hacia el baño. Cierra la puerta detrás de ella. Curtis enciende la radio que hay en la mesita de noche. Sintoniza un partido de fútbol, una canción, un anuncio, y se para un momento a escuchar el resumen informativo.

LOCUTOR DE RADIO: EL TRIBUNAL SUPREMO propina un buen revés a los conservadores en el Capitolio en lo concerniente al Estatuto Décimo sobre la financiación de las clínicas que practican el aborto. El Gobernador niega los informes que lo relacionan con la novia de un conocido gángster. Otro caso más en la serie de extraños asesinatos de automovilistas ocurridos en los Apalaches. Y los Cards de St. Louis bajan otro punto...

(Curtis girade nuevo el dial buscando otra emisora. Se detiene en un programa de entrevistas.)

OYENTE: Así que ese tipo dio muerte a toda su familia, ¿no? Mató a su mujer y a sus hijos, y luego se fue paseando hasta la comisaría para entregarse. Su hermano lo llevó hasta allí, paseando con él, hablando con él, ya saben, calmándole. Y, cuando llegaron a la comisaría, el tipo sacó un cuchillo que llevaba y se lo clavó en el pecho a su hermano. Se lo clavó en el pecho. El hermano cayó muerto en medio de la calle. Y cuando salió la policía, se entregó. Tenía los ojos llenos de lágrimas. ¿Y saben qué dijo?

LOCUTOR: No. ¿Qué dijo?

OYENTE: Los miró de arriba a abajo y les dijo: «Apuesto, amigos, a que se están preguntando qué tipo de hijo de puta soy.»

LOCUTOR: Mmm...¿Y qué dijeron?

OYENTE: ¿Perdón?

LOCUTOR: ¿Se lo dijeron? ¿Le dijeron el tipo de hijo de puta que consideraban que era?

OYENTE: Lo lamento, pero no puedo responder. En el informe que leí no se especificaba la contestación.


(Curtis se impacienta Empieza a ponerse la ropa. Golpea suavemente la puerta del cuarto de baño, pero no recibe respuesta)

LOCUTOR: Claro que no. Y éste es uno de los problemas que tiene el tipo de historias que cuentas ¿no? Reproducen las palabras del perturbado y poco más.

OYENTE: ¿El tipo de historias que yo cuento?

LOCUTOR: Te sirves de la declaración del asesino para bromear. Ironizas sobre la violencia.

OYENTE: Mira, colega, esto yo no me lo he inventado.

LOCUTOR: ¿Que no te lo has inventado? ¿Seguro? ¿No nos estás contando en realidad lo que tú? ¿Lo que hiciste o lo que te hubiera gustado hacer? Recuerda, oyente, América te está escuchando.

(Curtis apaga la radio. Se levanta, va hacia la ventana y corre las cortinas. Mira hacia afuera y empieza a alarmarse.)

CURTIS: ¿Lida Lee? ¿Adónde vas? ¿Lida Lee?

(Intenta abrir la ventana, pero no lo consigue.)

CURTIS: ¡Lida Lee! ¡Vuelve! ¿Quién es ése?

(Lida Lee sale del baño. Va vestida con su atuendo de autostopista: unos tejanos cortados y ceñidos y un top muy explícito.)

LIDA LEE: ¿A quién estás gritando? Dios mío, y decías que querías pasar desapercibido.

CURTIS: Creía que te habías largado. Creía que habías saltado por la ventana del baño. Esa mujer del aparcamiento... se parece mucho a ti. Se mueve igual que tú. Va vestida igual que tú. Iba abrazada a un tipo.

(Lida Lee echa un vistazo por la ventana)

LIDA LEE: ¿Quién, esa delgada de ahí? No se parece en nada a mí. No tienes la más mínima idea de la pinta que tengo.

CURTIS: Claro que sí. Te estoy mirando todo el santo día.

LIDA LEE: Una cosa es mirar. Otra, saber.

(Lida Lee dirige de nuevo su atención a lo que sucede fuera.)

LIDA LEE: Se están metiendo en ese Thunderbird. Ese sí que mola. Hace tiempo que no pillamos uno de esos modelos clásicos.

CURTIS: No, desde el GTO.

LIDA LEE: Sí. Con ése se me quitó el cuelgue por los coches antiguos durante un buen tiempo. Me jodió tenerle que torcer el pescuezo a aquel tío. Oye, he pillado los jabones y el champú del baño. Voy a pillar también el gorro. ¿Quieres el costurero?

CURTIS (Cogiéndolo) Haid. Ése era el nombre del del GTO. Lonnie Haid.

LIDA LEE: Eso es. Estaba claro que le gustaba el cochazo que tenía.

CURTIS: Era un buen tío, pero tuvimos que hacerlo. No vamos a dejarlos escapar sólo porque nos caigan bien. Va en contra de la norma.

LIDA LEE: Es como si rompieras una de esas cartas en cadena. Trae mala suerte.

CURTIS: ¿Al final qué te dijo?

LIDA LEE: ¿Decirme? Nada especial, que yo recuerde. No mucho.

CURTIS: Te lo llevaste a los matorrales, al lado de la carretera. Algo debió de decirte.

LIDA LEE: Tenía lágrimas en los ojos. Me dijo que me quería.

CURTIS: Te quería.

LIDA LEE: Incluso sabiendo que iba a dispararle. Me quería de todos modos.

CURTIS: Un pirado.

LIDA LEE: Dijo que no quieres a alguien sólo por lo que hace o deja de hacer. Lo quieres aunque no toleres sus actos. Dijo que esperaba que le permitiera darme un abrazo de despedida.

CURTIS: Sólo quería quitarte la pistola. Quería matarte.

LIDA LEE: No lo creo. Me rodeó con los brazos y me abrazó muy fuerte. Notaba cómo temblaba.

CURTIS: Cuando os perdí de vista, creí que iba a escaparse contigo. Nunca habías hecho eso antes.

LIDA LEE: Aún me estaba estrujando cuando le disparé. Le metí la bala en la sien izquierda. Pasó de estar vivo a estar muerto mientras estábamos ahí de pie.

CURTIS: Iba a buscaros cuando oí el disparo.

LIDA LEE: Cayó de espaldas. Estaba ahí tirado. Esperaba que abriera los ojos, pero no lo hizo. Me puse a llorar.

CURTIS: Recuerdo que tenías lágrimas en las mejillas.

LIDA LEE: A veces casi deseo no haberle matado, pero mi memoria prueba que lo hice.

(Están en silencio unos instantes, recogiendo las últimas cosas.)

LIDA LEE: Oye, ¿crees en vampiros?

CURTIS: ¿Perdona?

LIDA LEE: Vampiros. Descienden de Caín.

CURTIS: ¿Te refieres a Drácula?

LIDA LEE: Claro. Los muertos vivientes. Te lo digo porque hay una pintada en la pared del lavabo. Pone en letras mayúsculas: «¿ERES VAMPIRO»? Sobre el lavamanos hay una flecha dibujada que señala al espejo.

CURTIS: Eres vampiro. ¿Y qué? ¿Te has mirado al espejo?

LIDA LEE: Iba a hacerlo. Estaba a punto de hacerlo, pero en el último momento no me atreví. Cuando me di la vuelta para salir vi de reojo algo que se movía. Puede que sólo fuera mi ropa. La ropa, sin nada dentro, cruzando el cuarto de baño.

(Curtis introduce un dedo en el escote de Lida Lee y la atrae hacia él.)

CURTIS: A mí no me parece que no haya nada dentro.

LIDA LEE: Eso es lo que somos, sabes. Somos vampiros. Acechamos a los vivos.

CURTIS: Tú no eres vampiro. A ti te gusta el sol. No te conviertes en cenizas cuando se hace de día.

LIDA LEE: Quizás lo del sol sea pura ficción.

CURTIS: Quizás sea todo un mito. Quizás todos seamos vampiros y ninguno lo sepamos.

LIDA LEE: Una vez vi a un vampiro. Uno de verdad. Cuando era bailarina en un bar de Mount Nebo.

CURTIS: ¿Qué hacías en Mount Nebo?

LIDA LEE: Necesitaba dinero, así que me puse a trabajar bailando en un garito de topless. La pared que tenía a mis espaldas estaba cubierta de espejos, y también el techo. Incluso en el suelo del escenario había espejos. Éstos estaban protegido por una pieza acrílica transparente, para que no se rompiera. Aun así, el dueño nos dijo que fuéramos con cuidado al saltar.

CURTIS: Y una noche, mientras bailabas, viste que no te reflejabas en los espejos. Sólo había un tanga vacío dando vueltas. Y un par de pezoneras.

LIDA LEE: En ese club no llevábamos pezoneras. Y yo siempre me reflejaba en el espejo.

(Su voz adquiere un tono soñador, y empieza a moverse poco a poco, lánguidamente, como obedeciendo a un ritmo inaudible.)

LIDA LEE: Tenían un foco estroboscópico y, cuando lo encendían, el efecto era bastante alucinante. Todas aquellas chicas, delante, detrás, arriba y abajo, moviéndose como en un sueño mientras la luz centelleaba. Y yo era todas ellas.

(Volviendo a la realidad.)

LIDA LEE: Cada vez que mi grupo actuaba, tenía que limpiar mi propio sudor de los espejos. Había un spray de Windex en el escenario, y un gran rollo de toallas de papel Bounty.

CURTIS: Así que el vampiro era una de las otras bailarinas.

LIDA LEE: No, tampoco. Era un tío que siempre venía al bar. Un tío bajito que llevaba una chaqueta de Madrás. Venía una vez al día, a la hora de cenar. Siempre traía un montón de billetes de cinco dólares. Se acercaba al escenario y te metía uno en el tanga. Venían un montón de tipos con billetes de un dólar, pero ese tío era un despilfarrador.

CURTIS: Y él no se reflejaba en el espejo.

LIDA LEE: Yo estaba allí, delante de él. Y él sonreía. Le pasé la pierna por encima de la cabeza y resbalé con el sudor, un poco más y me caigo. En ese momento vi mi reflejo en el espejo que estaba detrás, pero no el suyo. Al volverme, él seguía allí, de pie, en el escenario, tan real como la vida misma, con esa chaqueta de Madrás horrorosa. Me metió el billete de cinco en el tanga, como de costumbre, volvió a su sitio y se sentó. Bebía cerveza.

CURTIS: ¿Y qué pasó?

LIDA LEE: ¿Que qué pasó? No pasó nada. Les pregunté a las otras chicas y me dijeron que no, que en ningún momento lo habían visto en el espejo. Creían que sólo era una ilusión óptica.

CURTIS: ¿Nunca fue a por ti? ¿Nunca flotó junto a tu ventana y te cantó en voz baja sus sucios secretos?

(Se abraza de modo obsceno a Lida Lee.)

CURTIS: ¿Se transformó en murciélago? ¿Le crecieron colmillos enormes y trató de morderte el cuello?

(Lida Lee trata de librarse del abrazo de Curtis.)

LIDA LEE: Me quedé muy poco tiempo en la ciudad. Pillé unos cuantos pavos y me largué. Recibí una postal de una de las chicas que se había quedado trabajando allí. Decía que dos o tres bailarinas habían desaparecido.

CURTIS: El hombre de la chaqueta de Madrás fue y se las llevó. Las arrastró a su tenebrosa morada y les hizo cosas indescriptibles. Se bebió su sangre. Se revolcó en ella. Luego volvió a por más.

LIDA LEE: Ella no decía nada de eso. Sólo decía que las chicas se habían ido y que el dueño no esperaba que volvieran.

CURTIS: Exactamente como si se las hubiera comido un vampiro en una casa de putas de Mont Nebo.

LIDA LEE: Era un bar de topless.

CURTIS: Desde luego. ¿Y cómo te convertiste en vampiro, si nunca te mordió?.

LIDA LEE: Puede que no haga falta que te muerda. Quizá sucede de otra forma. Quizá si un vampiro te desea, te conviertes en uno de ellos.

CURTIS: Parece que lo has entendido.

(En el exterior del motel suena una sirena de policía. Chirrido de neumáticos al frenar. Centelleo de luces azules. Suena un megáfono.)

POLICÍA: Vosotros, los de ahí adentro. Habitación 137. Soy el sargento J. W. Daws de la Policía Estatal de Virginia Occidental. Sabemos que estáis ahí. Estáis rodeados.

(Lida Lee va hacia la ventana, aparta un poco las cortinas y mira hacia afuera.)

LIDA LEE: Tío, hay un montón de pasma.

CURTIS: ¡Sal de ahí! Te dispararán.

LIDA LEE: Me lo esperaba. Sabía que esto nos iba a suceder.

CURTIS: Esas malditas gafas.

LIDA LEE: No han sido las gafas.

CURTIS: Puede que sí. Tú no lo sabes.

POLICÍA: No tenéis escapatoria. Rendíos y nadie saldrá herido.

LIDA LEE: Me pregunto si traen estacas de madera. Y mazos para clavarlas.

POLICÍA: Vamos a contar hasta tres. Luego, entraremos.

LIDA LEE: Tendrán que cortarnos las cabezas y girarlas hacia atrás. Creo que es así como se hace. Luego nos tenderán en un ataúd lleno de pétalos de rosa.

CURTIS: Esa parte no suena tan mal.

LIDA LEE: ¿Qué parte?

POLICÍA: Uno.

CURTIS: Lo de los pétalos de rosa.

LIDA LEE: Nos llenarán la boca con cabezas de ajo. Rezarán unas plegarias por nosotros e incinerarán nuestros cuerpos. Enterrarán nuestras cenizas en tierra sin bendecir, entre tumbas anónimas.

POLICÍA: Dos.

(Curtis saca de debajo de la cama una escopeta de cañones recortados.)

CURTIS: Jo, me pregunto qué harán cuando ni siquiera eso acabe con nosotros.

(Lida Lee saca su pistola de debajo de la almohada. Curtis carga la escopeta. Se precipitan juntos hacia la puerta.)

POLICÍA: ¡Tres!

(Oscuro y descarga cerrada de disparos. Cuando se hace el silencio, oímos en la radio de la mesita de noche la voz suave y aterciopelada de Emmy Lou Harris cantando «The Green Rolling Hills of West Virginia».)




© PINCKNEY BENEDICT 1997

Traducción de Ferran Lahoz