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índex català  septiembre - octubre 2007 no. 60

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EDITORIAL

Paradojas del destino

 

Es curioso cómo la vida da vueltas, cuánto aleccionan los hechos cuando se los analiza con la perspectiva del tiempo, como si lo que ocurriera estuviera esperando su momento de cerrarse para asemejarse a una ficción. Resultaría azaroso decirlo de esta única manera, por ello es necesario agregar que la extradición del ex presidente del Perú, Alberto Fujimori, no se ha dado de la noche a la mañana, y que le debe el triunfo a una voluntad compartida por ciudadanos convencidos de que la democracia no es un juguete que se regala, sino una recompensa que se persigue.

Haber sido testigos de su irrupción en la política ayuda a comprender mejor su caída. Aquel enigmático y apocado ingeniero que nadie conocía, hábil para unas pequeñas astucias como subirse a un tractor y recorrer los pueblos jóvenes, fue irresponsablemente promovido y financiado por Alan García y el APRA para ganar la presidencia en 1990, es decir, por el mismo partido y el mismo presidente que ahora, 17 años después, se hallan en el poder. A continuación el ingeniero sería mantenido en el cargo gracias a una maquinaria de corrupción maquiavélicamente diseñada por su asesor personal y jefe en la práctica del SIN (Servicio de Inteligencia), otro anónimo, ex abogado de narcotraficantes, ex colaborador de la CIA y ex presidiario, acusado en la época militar de vender secretos de estado al Ecuador; su nombre: Vladimiro Montesinos.

Fujimori es realmente, pues, la encarnación de lo que conocemos como un “títere político”. Sin los amigos de los buenos tiempos es otra vez un don nadie. Los peruanos no deben olvidar jamás que la mejor prueba de ello es que huyó cobardemente al exilio japonés cuando su socio cayó. Sin el amparo de Montesinos se dio cuenta de que gobernar era una tarea ardua, que hacerlo sin el control total del poder judicial y las instituciones, de las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación le era imposible. Cuando la estructura se desmoronó, en lugar de asumir su responsabilidad como presidente, reconducir la situación y renunciar, prefirió buscar las pruebas que lo implicaban y fugar a la madre patria, dejando a la primera dama, su hija Keiko, sola en palacio, a merced de lo que pudiera ocurrir en un país sin cabeza.

¿No es acaso esta la verdadera historia del “Chino”? ¿Hasta cuándo se lo va a seguir defendiendo? ¿Qué pretextos van a continuar explicando sus actos? ¿No han sido ya suficientes las pruebas que desenmascaran sus mentiras? Cuando huyó al Japón dijo que lo hacía porque temía por su vida y que, solo huyendo, algún día podría regresar y proseguir su lucha por el “progreso”. Para explicar lo de Chile salió con que el arresto estaba en sus planes, sin embargo cuando las cámaras lo filmaron, escoltado por la policía, se tapó el rostro como un vulgar delincuente. Su candidatura al senado japonés, una vez iniciado el proceso de extradición, la argumentó como un encarecido ofrecimiento de un partido nipón que no podía rechazar, (el cupo debió salirle por unos cuantos millones), ¿qué mejor manera de trabajar por la relación peruano-japonesa que en el senado de aquel país? A sus partidarios, unos fantoches oportunistas que parecen sacados de un circo y que supuestamente lo esperaban para dirigirlos, sin embargo, no se les cayó la cara de vergüenza cuando alegaron que así “el chino” inauguraba “la globalización del fujimorismo.” Todo para encubrir que en el fondo pasaba olímpicamente de ellos y que eso, más que un partido, es una panda de perros sirvientes.
Actualmente, el personaje afirma con igual desparpajo que estaba en sus planes volver al Perú para ser juzgado pero ya no por la totalidad inicial de cargos, eran demasiados, sino sólo por 7 de ellos, o sea que su estancia en Chile sirvió para purgar las acusaciones que pesaban sobre él; esto, al parecer, lo honra.

La bomba política ya ha estallado. El APRA y Alan García descubren que han jugado con fuego al asociarse en el congreso con los fujimoristas. Después de un año en el poder sus socios le piden al gobierno que se moje, que utilice sus influencias en el poder judicial, que juegue sus cartas y pague la docilidad de quienes le permiten gobernar. Alan García debe de tener pesadillas con el Frankestein que creó para librarlo a él, en su momento, de la justicia; y que, por cierto, luego lo persiguió, en el golpe de estado de abril de 1992. Cuentan que Alan se salvó por los pelos. Pudo refugiarse en una embajada y luego escapar a Francia, desde donde dirigió su defensa largos años, ayudado perrunamente por el abogado y actual primer ministro, Jorge del Castillo. El caso Fujimori debería reabrir, por otro lado, las matanzas de los penales llevadas a cabo en aquel gobierno aprista.

La política en el Perú, como vemos, no tiene absolutamente nada que ver con los altruismos, es descaradamente sucia. La esperanza que ahora nos entusiasma deviene de que el pequeño progreso alcanzado los últimos años ha fortalecido el concepto de democracia, como si una vaga intuición hubiera nacido de repente, “con ella, aunque muy imperfecta aún, nos va mejor”. Procesar al ex presidente tiene como tarea primordial legitimar de una vez por todas el sistema, y cimentar la Justicia por encima de cualquier interés o presión. Solo así la ciudadanía tomará conciencia de que sus derechos pueden ser defendidos y deben ser, pues, respetados. Es una oportunidad de oro para dar un paso adelante, y ser un ejemplo histórico en el continente, y por qué no, en el mundo.

Es sumamente curioso que quienes trabajaran por la destrucción de la democracia en aquel entonces puedan propiciar ahora su verdadero nacimiento.

 

© EEU 2007.

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