Flavia Company

Padre e Hijo


El hijo no puede dormir. Mira al padre o, mejor dicho, mira hacia el padre, hacia donde suenan sus ronquidos, hacia el bulto entrevisto y agitado de su cuerpo anciano. ¿Cuánto más va a vivir?
      Hacía ya muchas noches que Eladio no dormía. Ni bien ni mal. Se acostaba por inercia y porque su padre desde la cama reclamaba con gritos afónicos su presencia, como si le fuera imprescindible para conciliar el sueño. Y obedecía. Iba hasta él con el vaso de leche tibia, se lo daba, observaba mientras se lo bebía, lo dejaba después en la única mesilla de noche, que estaba del lado del padre –y allí el teléfono con la línea cortada y el despertador estropeado, como antiguos bastones de mando–, y luego empezaba a desvestirse con la inexplicable sensación de estar desnudándose más de lo conveniente. Qué rara era la vida o, mejor dicho, qué rara había sido, porque Eladio tenía la sensación de estar acabándola, a la vez que su padre, juntos los dos en aquel cuchitril impensable, en aquel cuarto minúsculo, en aquella cama de matrimonio de somier ruidoso y colchón vencido que tantas veces él había querido cambiar por dos pequeñas. A su padre sin embargo no le parecía bien el gasto, pensaba que vender el reloj de oro, su única herencia, para comprar dos camas era un sacrilegio y además qué falta les hacía, decía él, siendo como eran padre e hijo, con las veces que él le había limpiado el culo, y además mal iban a caber dos catres en aquel cuarto tan pequeño; si no hubiese perdido el trabajo habrían podido conservar el otro piso, que allí sí que estaban bien. Y Eladio por enésima vez repetía que no era que hubiese perdido el empleo sino que había quebrado la empresa. Pues eso, concluía el padre.
      Junto a la cama había un orinal que el padre llenaba de esputos y orines todas las noches y que Eladio recogía todas las mañanas aguantándose las bascas culpables que le producían. Era su padre, ¿cómo podía darle asco?, se preguntaba. Su madre, fallecida años atrás, siempre le decía, tu padre nos va a enterrar a todos, pero antes nos hará sufrir lo que le dé la gana y más.
      El padre no se levantaba de la cama más que para ir de vientre. El resto del tiempo se lo pasaba allí, acostado, y las sábanas estaban siempre sobadas y olían a ese olor que los ancianos despiden aunque sean aseados y pulcros, ese olor ácido inexplicable, esa mezcla de medicamentos y amoníaco, en el mejor de los casos, que lo obligaba a taparse la nariz a escondidas, para no ofenderlo, porque si la edad empeoraba los aromas corporales qué decir entonces de la susceptibilidad. Qué cruz. Ya no cuento para nada, ni siquiera me hablas, no me dices qué ni cómo, con las buenas conversaciones que teníamos antes, pero ya no, claro, ahora soy un estorbo, te molesto, soy peor que un cachivache, porque encima me quejo y te doy gasto. Que no, padre, que no es así. ¿Cómo dices? Y Eladio levantaba la voz, gritando casi, que no es así padre, le digo, y murmuraba luego, que si no le hablo es porque está usted sordo como una tapia. ¿Qué murmuras? No murmuro. Te he visto. Pues se equivoca usted. A mí me vas a engañar, que lo único que no he hecho por ti es parirte.
      A veces, pocos días, las cosas eran fáciles, y recordaban buenos momentos o veían un partido de fútbol o el padre le decía que lo que tenía que hacer era buscarse una buena moza que los cuidara a los dos, una moza guapa que les alegrara la vida. ¿Y dónde iba a dormir?, preguntaba Eladio entonces, relajado, siempre caía en la trampa, y el padre, herido de dolor verdadero, contestaba de inmediato, no te preocupes que con tanto disgusto mucho no voy a durar.
      Todo se repetía, una vez tras otra. Eladio llevaba quince años esperando que las cosas cambiaran, ellas solas, por sí mismas, sin saber que la más fuerte de las leyes es la inercia.
      Qué hacía allí Eladio durmiendo con otro hombre veinticinco años mayor que él, por muy padre suyo que fuera, y de eso no cabía la menor duda porque eran calcados, iguales los dos, la misma cosa, y así en su padre se veía Eladio con noventa y tres años, pero solo, sin hijo junto al que dormir, y ese pensamiento lo entristecía tanto que llegaba incluso a compadecerse de su padre que a fin de cuentas tenía hijo, sí, pero harto o, mejor dicho, cansado de él.
      Muchas veces el padre escupía hacia el orinal pero no embocaba, y por eso Eladio cuando se levantaba por la noche al lavabo, y por la prisa iba descalzo, notaba de pronto bajo la planta de los pies el moco viscoso que la carraspera de su padre expulsaba con la densidad que otorga la experiencia de años. Y en momentos así, por qué negarlo, le deseaba la muerte o más aún se la deseaba a sí mismo, qué hacía un hombre de sesenta y ocho años pisando los escupitajos de otro en una habitación de mala muerte y sin perspectiva alguna de futuro, malviviendo de un par de pensiones miserables que los constreñían a la más absoluta precariedad. No hacía nada. Sencillamente, eso era la vida. Vivir era eso. Sus vidas eran eso. Era pasmoso. Los dos con sus achaques, los dos ahí inmovilizados por la desidia o tal vez por nada, ni siquiera desidia, la desidia al fin y al cabo era una actitud o quizá cuestión de carácter.
      Eladio había renunciado a luchar contra la dejadez y tardaba varios días en vaciar el orinal, en retirar del suelo los lapos, en recoger los platos, en bajar la basura, en ducharse, en ventilar la casa. De alguna manera, Eladio había renunciado a todo y muchas veces pensaba que la culpa la tenía compartir la cama, eso lo hacía sentirse humillado, no sabía muy bien por qué, o quizá era tan sólo por soportar tan de cerca los pedos de su padre, sus ronquidos, su aliento agrio, sus sudores, era como si aceptando aquello renunciara al mínimo ámbito de dignidad, de humanidad incluso. Por eso Eladio, después de mirar hacia el bulto entrevisto y agitado del cuerpo anciano de su padre y de pensar cuánto más va a vivir, se levanta con sigilo, se viste y sale a la calle a esperar a que se haga de día y a que abran las tiendas para por fin empeñar o vender el reloj de oro y comprar dos camas, una para cada uno, aunque del disgusto le diera a su padre un ataque y se quedara tieso, por lo menos se quedaría tieso en cama propia, que era lo mínimo.

       
      © Flavia Company, 2007
  

CARNÉ: Flavia Company (Buenos Aires, 1963) es escritora. Ha publicado ensayo, cuento, prosa poética y novela, y escribe tanto en castellano como en catalán. Es licenciada en Filología Hispánica, tiene estudios superiores de piano y de patrona de barco de pesca, y ha traducido a Italo Svevo. Entre otros títulos, ha publicado la novela Ni tu, ni jo, ni ningú (1998) y el libro de relatos Género de punto (2002). Su obra más reciente es la novela La mitad sombría (DVD, Barcelona, 2006). Este relato pertenece al libro inédito Con la soga al cuello.